EL COSTO DE LA DESMOTIVACIÓN



 Si le parece muy costosa la capacitación y el entrenamiento, pregúntese cuál es el costo de la ignorancia y de la incompetencia.

La anterior es una conocida afirmación de uno de los gurús de la administración que hemos utilizado durante  muchos años para revelar una gran verdad: las personas producen resultados a partir de lo que saben  (conocimientos) y de lo que saben hacer (habilidades). Sin embargo,  es indispensable contar con un tercer elemento: la motivación para hacerlo, el motor que las impulsa a proceder como deben hacerlo.
Los programas de capacitación suelen mejorar los conocimientos y los de entrenamientos, las habilidades, pero ¿Cómo hacemos para mejorar la motivación? Al ocuparnos de ella tratamos entonces de integrar otros dos  actores en el escenario: el desempeño y la productividad. No ofreceremos recetas al respecto, pero algo habrá en estas páginas que deje al lector pensando en esto. Sobre todo porque motivar a alguien  y auto motivarse son posiciones ante la vida.
En otras palabras, si usted no cree que la motivación es importante, pregúntese cuánto mejorarían sus resultados si las personas que lo rodean trabajaran con entusiasmo, alegría, efectividad y racionalidad;  si tuvieran clara la diferencia entre lo urgente y lo importante,  la determinación de trabajar por los éxitos del equipo más que por su propio resultados;  y la empresa y cuanto aumentaría  su eficiencia si fueran puntuales en los horarios y no perdieran el tiempo en distracciones sin relevancia.
Pero ¿será que siempre los empresarios y directivos deben ocuparse de la productividad y no poner los ojos en la improductividad? No. De vez en cuando, los directivos (gerentes, jefes, supervisores) deberían examinar no solo los costos directos del puesto de trabajo sino también los costos ocultos (o pérdidas ocultas) de la improductividad en ese puesto. La medición estadística y la valoración económica de la improductividad son el primer paso para examinar los costos ocultos que se hallan detrás de la ineficacia y desmotivación de sus empleados.
Los costos de la desmotivación (muchas veces causadas, también, por la falta de conocimientos y habilidades) se pagan de varias maneras, la mayoría de las veces con una fuerza laboral sin las competencias necesarias para desempeñar su trabajo,  con unos empleados mediocres que debe aguantar abusos para que no los despidan y con unos jefes cada vez más ocupados en los resultados económicos del balance que en la gente que trabaja para ellos. Además, robos continuados, sabotajes o paro deliberados, y, desde luego, altos índices de rotación de personal. Estos y muchos otros son los costos de una moral decaída en el trabajo.
Si bien la motivación es un impulso que produce efectos positivos, la desmotivación, en cambio, trae la apatía y con ella la dificultad para alcanzar resultados en las personas y en las organizaciones.

Ronald Alarcón Anco

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