LA CRISIS: EL PUNTO DE PARTIDA DEL FILOSOFAR
“Te quiero. Te extraño. Te
llamo por teléfono. No estás. Me angustio. Te espero. Te busco. Pienso en ti:
cierro los ojos y te imagino. Te veo luego, en la calle, y corro a tu
encuentro, te abrazo, te beso, me agito, te digo frases fervorosas.
Es el amor.
De pronto, un día, coloco una distancia entre tu persona y la mía,
congelo la imagen que tenía de ti y de mis sentimientos y me pregunto: ¿Eso es
el amor o es mi amor?
Ahora ya no pienso en ti, tampoco en mí, sino en un problema que
está por encima de nosotros, el problema de un concepto, una idea, de saber que
es el amor y en qué se distingue de mi amor. Entonces abandono lo particular,
ese suceso que atañe a mi persona y recuerdo que también hay otros que están
enamorados, pienso en las historias de amor que narra la literatura, en lo que
ocurrió a Romeo y Julieta, y entre otras parejas. ¿Puedo decir “a mí me pasa lo
que a usted”?
Quiero saber que es el amor, para verificar que lo mío en efecto,
es amor, y no un simple arrebato momentáneo o delirante. Quiero saber si estoy
en lo cierto o si todo es mera fantasía mía, privada, real, muy real, pero
fantasía al fin. Todos estos temblores internos que llamo amor tal vez merezcan
otro nombre y pertenezcan a una realidad de otro orden.
Estoy en crisis.
“Si no tuvieras ojos verdes —me pregunto—, “¿te querría igual?”
Digo que si, claro, pero no estoy seguro. “¿Y si en lugar de ser delgada, y de
medir un metro sesenta y siete, fueras más abultada y midieras uno cincuenta y
nueve?” Imagino que sí, que te amaría igual, pero... francamente cada vez estoy
menos seguro. Después de todo, ¿por qué te quiero?
He aquí una pregunta que me desvela. Y cuando estoy desvelado,
pienso. Y cuando pienso, quiero saber la verdad. Y cuando quiero saber la
verdad, me aparto de la vida, me alejo, tomo distancia y la contemplo desde
lejos. Ya no estoy involucrado en eso que pasa, ahora se me ofrece como objeto
de contemplación, de pregunta, de asombro.
Cuando pregunto si esto es amor o es meramente una ilusión mía, o
es mi manera de amar pero no es el amor, hago filosofía. Porque estoy inseguro
de lo que vivo. Porque caí en la duda.
Lo hago, insisto, cuando caigo en la duda. Caigo y debo
levantarme. Es como si el piso cediera bajo mis pies y ya no pudiera seguir
caminando, y tuviera que ponerme a pensar en el piso, en los pies, en la manera
de extender las piernas. Algo tan natural como caminar se torna un problema y
obliga a pensar. Crisis. Se ha roto algo. Se ha roto el piso, la base de
aquello que se vive. Mientras vivimos, no pensamos en lo que estamos viviendo.
Cuando vamos al cine y nos entregamos a la película, nos olvidamos de que
estamos en el cine, viendo la película. Pero si de pronto hay un corte de luz,
despertamos y tomamos conciencia: estamos en el cine viendo la película y algo
está fallando. Pensamos que hacer, ¿Quedarnos?, ¿Esperar?, ¿Volverá la luz?,
¿Valía la pena venir al cine?
Uno piensa en el cine cuando va al cine, o cuando va y algo no
funciona como debería funcionar.
“Crisis” significa eso, algo que se rompe y, porque se rompe, hay
que analizarlo. De ahí el término “Crítica”, que significa “Análisis” o estudio
de algo para emitir un juicio. Y de ahí también “criterio”, que es razonamiento
adecuado.
La crisis nos obliga a pensar. La crisis del mundo, la de nuestras
relaciones —que a veces están a punto de naufragar— la crisis de la economía,
de la política. Pensar es consecuencia de alguna crisis. Si no, — ¿Para qué
pensar?—. Si nos va bien en los negocios, ¿para qué pensar en los negocios?
Pero si nos va mal en la vida, podemos llegar a pensar: ¿Para qué necesito yo
todo esto? ¿Mejora mi vida con ello? La
crisis produce análisis, reflexión. Cuando el pensamiento es sistemático,
cuando abarca los grandes temas de la vida y busca e indaga ¿qué es el amor?,
¿qué es la felicidad?, ¿qué es el bien?, ¿qué es la vida?, sin dejarse llevar
por las preferencias individuales, se llama filosofía."
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